¡Bailar!

Probablemente pocos actos humanos tienen una cualidad tan liberadora como el baile: movemos el cuerpo a nuestro antojo para producir goce. Por eso mismo también puede tener un carácter subversivo: el que baila, demuestra que es dueño de su cuerpo, de sí mismo. Si a esa persona se le unen 149 más, que voluntariamente se mueven a un mismo ritmo, la experiencia de libertad se vuelve un festejo colectivo. Y al llevar este baile a un espacio público, el asunto se transforma en una verdadera manifestación: la declaración ante los demás de que somos libres porque hacemos lo que se nos da la gana con nuestro cuerpo, y lo disfrutamos (lo cual, además, conlleva un alto riesgo de contagio: es un placer que puede propagarse entre todos los que lo miran). Por eso es que el proyecto de El Gran Continental puede tildarse de todo menos de ingenuo, porque sólo un ingenuo lo consideraría un divertimento banal.

Cada paso, cada movimiento, cada postura aprendida y repetida grupalmente nos enseña una nueva forma de experimentación, de deleite y de reconocimiento de algo que traíamos dentro pero no nos dábamos cuenta: sensualidad, fuerza, elasticidad, equilibrio (y los contrarios también: torpeza, debilidad, rigidez, vacilación). Conforme un nuevo montaje coreográfico se desarrolla, vamos volviéndonos un organismo más complejo, más lleno de matices, al que le enseñamos a decir cosas nuevas: “te doy todo mi afecto”, “te abrazo, me abrazo”, “me gustas pero ¡ay, cómo me gusto!”, “te declaro mi amor”, “estoy triste y pateo las piedritas del camino”, “estoy feliz y doy brincos de alegría”.

4 Papá e hijoEmilio con su hijo Diego, el día de la audición

Pero además debemos atender a nuestro compañero de enfrente y de atrás, al de la izquierda y al de la derecha, a los de nuestra fila y nuestra columna. Tratar de sincronizarnos, de no perder el paso, de saltar, girar y aplaudir al mismo tiempo, no sólo es un asunto de honor (no siempre bien librado), sino también de complicidad, de jalar parejo, de llevarnos los unos a los otros, de establecer un sutil lazo de camaradería. Porque, en efecto, aquí conocemos a muchas personas, gustos, voluntades, sentidos del humor, profesiones y hasta acontecimientos de vida. Convivencias que se dan nomás por el puro gusto común del baile.

Llegar a los ensayos de El Gran Continental también es un acto de fe y de convicción. Arribamos desde muy diversos rumbos, sorteando el caos y la inseguridad de esta ciudad que resiente la turbulencia de un país cada vez más inequitativo y violento, donde la diferencia y el desacuerdo parecen no tener cabida. De tal suerte, la pista de baile viene a ser una especie de tierra prometida (resguardada por los mismísimos ángeles) en la que sí cabemos todos. Finos y gruesos, de estreno y de mediano uso, pálidos y plomizos, pequeños y alargados, ágiles y acompasados, con muletas y con cabestrillos, aquí los cuerpos humanos se manifiestan en su hermosa diversidad y su asombrosa similitud para poblar, bailando, un gran continente. Dichosos aquellos que habitamos en él.

Emilio Montemayor, 42 años. Voluntario de El Gran Continental ¡Otra vez!

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